Dos pies izquierdos.

Nació con una carcasa repelente a cualquier alegría cotidiana. Su padre prefería los infomerciales antes que pasar tiempo con él. Al verlo revivía la noche en la que, al nacer, había arrebatado la vida de su madre.

Creció. Fracasaba en todo, como si se lo propusiera. Así pasaron 20 años hasta que su padre ganó con un billete de lotería el valor suficiente para marcharse.

Resignado a la soledad más no al fracaso, se propuso matarse. No sabía cómo, estaba dispuesto a hacer lo que fuera.

Tomó el arma oxidada del abuelo y la colocó debajo de su barbilla, escurría sudor de sus muñecas, el olor a metal en su piel lo hacía temblar. Apretó el gatillo, no pasó nada.

Sacó el cajón de medicinas del mueble del baño, sólo había ranitidina y paracetamol. Su padre se había llevado los somníferos y las recetas médicas. Buscó en los estantes hasta encontrar una navaja. Arremangó su camisa, presionó haciendo un corte horizontal y nada, una ligera irritación, un manchón de sangre. Sólo eso. Sigue leyendo

Turbulencias

La luz se enciende mientras interrumpen el audio de la película para anunciar que habrá turbulencia. Ya no tienes 8 años, puedes manejarlo.

Mal momento para que tus compañeros de fila sean recién casados -no es difícil adivinarlo, portan sus alianzas como si  fueran condecoraciones- inhalas, exhalas… Piensas en las estadísticas que aseguran es mucho más probable que te caiga un rayo a que ocurra un accidente de avión. Te preguntas ¿qué pasaría si un rayo pudiera caer sobre alguien durante el vuelo? Nunca fuiste bueno en estadística. O en casi nada…comienzas a divagar.

Volteas a la ventana en busca de alguna respuesta. Las nubes grises bloquean tu vista y te recuerdan sus ojos verdes, como apagados. Te exiges que antes de buscar lo que sea, hagas las preguntas correctas, o que al menos tengas la pregunta. Pocas veces encuentras lo que buscas cuando no sabes lo que es. Pocas veces, repites.

De pronto sientes como se sacuden tus tripas, el avión se sacude. La sensación te transporta a los juegos de la feria, a cuando la conociste. Hoy no hay certeza de que estarás bien una vez que termine. Si es que termina. Nunca hay certezas, piensas. Te corriges por haber generalizado: Casi nunca hay certezas. Mucho mejor.

La sangre baja desde tu cabeza hasta las plantas de tus pies, las arrugas de tus manos  aprietan el descansabrazos. Estás solo. La pareja a tu lado se abraza con fuerza, para sentirse a salvo. Quisieras gritarles. Prevenirlos. ¡El amor no lo puede todo, carajo! No es el momento, nunca es el momento. Bueno, casi nunca, te corriges.

Brilla el indicador del cinturón de nuevo. Revisas que esté bien abrochado. Lo ajustas mientras imaginas lo peor. Deberían mejorarlos. No importa, piensas. Nadie se ha salvado de un accidente de avión por haber llevado puesto el cinturón de seguridad. Estás jodido de cualquier manera.

Se estabiliza, o al menos eso sientes. Viene la calma, cierras los ojos, sin apretarlos, el silencio es total. Ojalá estuvieras aquí, piensas en voz bajita, sin abrir los labios. Sabes que no volverá. Envuelto en esos segundos del pasado ya no tienes ganas de abrir los ojos, ni de aterrizar.

El movimiento de tu cuerpo te regresa al momento del impacto. Sigue leyendo

Tres…Dos…Uno…

El único conteo regresivo que solía gustarme era el de año nuevo. Ya no. Ahora mis cuentas favoritas son las que comienzan en cada despedida. Como si fueran la aguja con la que se unen los hilos de nuestros encuentros, para después usarlos de frazada cuando estamos juntos. Olvidar  los kilómetros deshilvanados que nos separan.

Maldecir la distancia sería hipocresía. No siento que nos separe. ¡Vaya Ironía! Aunque esté lejos nunca antes me había sentido tan cerca de alguien.

Concentrarme es imposible. Cuando el conteo regresivo llega a los 2 días sólo puedo pensar en eso. Mi cabeza se vuelve una sala de espera repleta de planes, ideas, conversaciones, imágenes, que esperan en fila su turno para abordar. Ansiosas por estar a menos distancia de a quién ahora pertenecen.

Un día diez horas para verle marca el contador. Es decir, que 34 horas faltan para que mis manos frías encuentren cobijo entre las suyas. Ellas lo saben, por eso escriben. Cobran vida propia, tienen que moverse. Los nervios de la expectativa las cargan de energía como si fueran celdas solares expuestas en un desierto.

Es una pena que jamás haya aprendido a tocar el piano, sería interesante que convirtieran sus movimientos en partituras. Combatir la física. Transformar los kilómetros en música.

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Motivos para volver a casa.

Como todas las mañanas fui al parque. Disfruto correr y sentir la humedad del césped después de que ha llovido.

Hoy llegué más tarde de lo normal, es el primer día de escuela de Natalia ¡Crecen tan rápido! Apenas ayer mi cabeza parecía más grande que todo su cuerpecito. Debo regresar a casa a tiempo para recibirla y llenarla de besos. Ojalá le haya ido bien y regrese contándome que tiene nuevos amigos.

Me llené de lodo. Entro por la puerta de atrás, para no hacer caos en  la entrada principal. Hay mucho silencio, y el silencio siempre es sospechoso; eso me han enseñado las películas de suspenso. Recorro la sala, la cocina, el comedor. Todo parece estar como siempre, solo que no hay nadie, y eso no es normal…Algo huele raro

Sí, definitivamente algo huele distinto aquí. Les puedo asegurar que mi sentido del olfato casi nunca me falla – excepto por la otra noche que Natalia me preparó de cenar-:

La hubieran visto, con sus inmensos ojos color aceituna bien abiertos, parecía un cachorrito, esperando que me gustara una masa deforme que apareció frente a mí. Y no, no me gustó, más me lo terminé. Es verdad eso de que hay ciertos sacrificios que se hacen por amor. Hasta me relamí los labios. Su cara de alivio, satisfacción  y orgullo al ver mi plato vacío; valió cada bocado.

Ahora no huele a ese platillo ni a Natalia. Quizá sea que no dormí suficiente. Una siesta me vendría bien. Es buen momento para tirarme en el sillón  sin que nadie me moleste, comienzo  a quedarme dormido…

Como si me echaran una cubeta de agua encima despierto asustado por un tumultuoso ruido que  viene del pasillo. No estoy solo.

Más dormido que despierto, reboto del sillón al piso como un resorte. Levanto la cabeza y frunzo el ceño para disfrazar el miedo con valentía. Con la mirada busco la causa del escándalo, la encuentro. Sigue leyendo

Felicidades

Habían pasado setenta y dos horas desde su cumpleaños. Laura estaba en clase, la vibración del celular encima del escritorio la distrajo de la diapositiva número 36. Su nombre en la pantalla abrió en automático las compuertas de sudor corporal.

Moría por contestar pero no quería hablar con él. Vaya paradoja, siempre había sido así su relación. Por eso no lo llamó.

Casi una cadena perpetua en su cabeza, veinte minutos después en el reloj, por fin salió. Necesitaba hablarle. Corrió escaleras abajo -atropelladamente como si las ganas de ir al baño estuvieran a punto de ganar la contienda-, aunque esta urgencia era peor y menos controlable. Pero, cuando estaba a punto de apretar el botón de llamada, miles de escenas comenzaron a proyectarse una y otra vez sobre la pared blanca de su imaginación, con preguntas que pegaban como granizo contra la ventana:

¿Respondería? ¿Estaría solo? ¿Lo interceptaría camino por algo de desayunar, tirado en la cama con ella o sentado en el baño poniéndose al día con las noticias? ¿Cómo le hablaría? ¿Como si 5 años juntos no valieran nada y fuera una extraña que toma de pretexto fechas importantes para escuchar su voz? O por el contrario ¿Se emocionaría y entusiasmado le diría gracias, eso sí, sin decir su nombre -palabra maldita e impronunciable-?

Imaginó lo peor. Sintió una mordida en el estómago, parecida a cuando tenía 6 años. Sigue leyendo

Empleado en entrenamiento.

Amaneció al revés. Esa mañana Luis despertó mucho antes de que sonara la alarma. La ventana estaba abierta, podía sentir en su rostro los primeros rayos de sol mientras el sonido de las aves se mezclaba con el de los aspersores de césped que justo se habían activado. Le costaba trabajo abrir los ojos.

De pronto entró Vanesa a la habitación, vestía un pijama rosa, su favorito, con el reflejo de la luz dejaba ver su silueta; una cintura sin rastro alguno de haber tenido tres hijos, piernas largas y definidas que hasta hacía unos meses aún entrenaban para maratones, y su rostro como de chiquilla, y es que, aunque estaba a unas semanas de cumplir cuarenta podía fácilmente competir con cualquier veinteañera. Los años le han sentado muy bien pensó Luis al verla pasearse cual bailarina de ballet por la habitación, entonces se percató que nunca había puesto atención a su ritual matutino, y es que –pensaba-   después de dieciséis años es natural no fijarse en todos los detalles.

Al sentirse observada, sin mirarlo, con voz firme y clara le dijo “quiero el divorcio” y siguió pasando el largo peine dorado entre su melena color avellana. Él se quedó como liebre a media carretera al ver acercarse las luces de un camión en la oscuridad.

Como si se tratara de ubicar la escena de una película, comenzó a repasar los últimos meses; los viajes cada vez más constantes que lo obligaban a pasar semanas fuera de casa, las discusiones, la lesión en la rodilla, los antidepresivos, las visitas a los doctores, los medicamentos, quizá es que ya lo sabe, no, no podía ser eso, seguro era sólo un castigo temporal por haber olvidado su aniversario. No, no, tampoco, nunca había visto tan decidida a esa mujer que titubeaba hasta para agregar leche al café de cada mañana, debía ser algo más, seguía concentrado intentando ubicar de dónde provenía esta repentina reacción, hasta que, sacándolo de su letargo, de nuevo ella: ¿Me escuchaste? Quiero que te vayas hoy mismo, los niños salen a las dos, asegúrate de estar fuera antes de que vuelvan, dijo poniéndose de pie y digiriéndose al baño para meterse en la regadera.

Luis parecía empleado en entrenamiento, empacaba mientras se movía de manera torpe sin entender qué ocurría, se sentía culpable, sí, pero no sabía con certeza de que hablaba, se había quedado mudo, sentía un panal instalado en su garganta, no sabía que decir pero esperaba que al abrir la boca salieran las abejas disparadas. Sigue leyendo

Quizá Dios tenga otras ocupaciones

De por si las despedidas son complicadas, mucho más cuando ni siquiera conoces a quien le están diciendo adiós, aunque si tengas claro el motivo. Ha muerto.

Siento que es como colarse en el funeral de un extraño y tomar el micrófono para decir unas palabras, un acto entre macabro y amoroso; digo amoroso porque no serían palabras hostiles, nadie habla sobre las cosas malas de quien ha fallecido, al menos no la misma tarde en la que lo están velando, mucho menos si ni le conoció.

El muerto en verdad debió ser muy malo para que hagan una antología de sus errores y atrocidades durante las exequias, bueno, eso creo, pero no soy buen punto de referencia, nunca he sabido bien cómo actuar en esos lugares.

Tenía 6 años la primera vez que fui a un funeral era del tío de la prima tercera de mi mamá. Entonces mi atención estaba completamente centrada en el ataúd y los accesos directos al mismo; había un par de huecos entre unas grandes señoras vestidas de negro que no paraban de llorar ni hacer sonidos de lamento mientras apilaban los arreglos de flores y se sonaban la nariz. Mientras yo esperaba el momento para meterme entre esos faldones largos y  estar cerca del ataúd para presenciar en primera fila lo que iba a suceder, o bueno, lo que yo creía que iba a suceder.

Unas horas antes de que llegáramos, mamá me advirtió que estaría el cuerpo de alguien ahí expuesto, yo me pregunté ¿Qué necesidad hay de exhibir a este muerto, o bueno a todos los muertos? ¿No recordarán como se ve? porque al menos las primeras horas se ven iguales, pero muertos, o como dormidos más bien. Mamá – que siempre ha destacado por su inmensa paciencia-  me explicó que  a veces los ponían así para que pudiera bajar Diosito y llevárselos, entonces sí, tengo que aceptar, empezó un interés genuino en ese ritual: yo quería presenciar en vivo y a todo color esa ‘llevada’, ahí radicaba la importancia de lograr meterme entre las señoras que sollozaban, para estar cerquita del féretro.

Vaya decepción cuando, un par de horas después los únicos que se llevaron el ataúd, fueron  los familiares más cercanos del muerto para seguir con el entierro. Las semanas posteriores a esto fue difícil volver a creer en las respuestas de mamá en cuanto a muertos se refería, luego tuve una epifanía; quizá ella estaba tan decepcionada como yo. Después de todo no es fácil entender que Dios tenga a veces otras ocupaciones.

Al siguiente funeral que fuimos juntas decidí que, en vez de ir a lado del muerto me quedaría con ella. Llegamos y tomé muy fuerte de su mano, por si acaso Dios esta vez encontraba tiempo para venir a llevarse a alguien, asegurarme que no fuera a ella.

Sobre eso de que la terapia es para locos.

Se hace tarde. No ha sonado la alarma que me avisa cuando debo regresar a casa. Es sábado por la mañana, salgo del gimnasio corriendo para alcanzar a tomar un baño, agarrar algo de comer, estar lista y llegar a tiempo a mi cita de las 12.

Escogí ese horario no sólo porque estaba disponible, sino porque me parece una estupenda manera de empezar la mañana de mi primer día completamente libre del fin de semana, a decir verdad me siento algo nerviosa, sin motivos, la psicóloga sonaba bastante amable por teléfono y aparte he dado con ella debido a la recomendación de una amiga a quien quiero muchísimo, “no es la primera vez que lo haces, relájate” me digo.

Entonces el auto se detiene, toco el timbre y unos segundos después escucho una voz grave que me pregunta quién soy, digo mi nombre, suena un chirrido, se abre la puerta y me hacen pasar. La sala de espera/comedor es un lugar muy acogedor, pero no hay un solo mueble en esa zona; más tarde la mi psicóloga me explicaría que estaba justo haciendo una renovación y no era por ser minimalista; aunque hubiese sido interesante que la sala vacía fuese a propósito, algo así como un acto de rebeldía. Sigue leyendo

Fórmulas mágicas, el invento inexistente para ser feliz

Desarrollo Personal y Organizacional

Cada vez es más frecuente leer en las portadas de los libros títulos como: “Cocinando el éxito: los ingredientes para ser feliz” o “Relaciones exitosas: lo que debes saber para que el amor te sonría” y así podría seguir la lista con títulos que incluyen recetas mágicas para conseguir el éxito, la felicidad, el amor verdadero o el cuerpo de ‘tus sueños’, pareciera que estamos condenados a buscar esos  elementos a como dé lugar, y en el camino, sentir la frustración  por no tenerlos o por no querer alcanzarlos.

En psicoterapia Gestalt se llama ‘introyecto’ el mecanismo neurótico de tomar como nuestras creencias, ideas, comportamientos y rasgos ajenos, y que al hacerlo, se hacen presentes en nuestra personalidad de manera casi siempre inconsciente. Metafóricamente hablando es como si nos tragáramos sin masticar –ni mucho menos saborear-  fragmentos del mundo exterior , y de los demás llenándonos de elementos que no…

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